Hasta que el dinero nos separe!

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Allá en La Habana, en Cuba en general, era muy fácil conocer a alguien y de un modo u otro, tener una relación. Cruzábamos miradas, bastaba un gesto y ya estábamos conversando, “dando muela”, como dicen algunos. A pesar de dificultades reales que conspiraban contra el amor y su libre ejercicio, cuando conocíamos a alguien, solo importaban las hormonas, los sentimientos, el gusto, el deseo que la persona despertara. Si trabajaba o no, si vivía solo/a o con toda la familia en un apartamento de un solo cuarto, no importaba. En una ciudad donde subirse a una guagua, era una odisea, nunca se nos ocurrió preguntar la marca del carro que manejaban, ni siquiera nos fijábamos en las ropas que usaba. Lo que realmente importaba, estaba bajo las ropas y dentro del pecho, el resto, solo eran adornos, que no decidían al consumar el acto de amar.

Emigramos, llegamos a mundos nuevos. Muchos estábamos seguros que la ausencia de dificultades materiales, garantizaría parejas estables, amores seguros. Atrás quedaban, para siempre, amores en parques, cines, jardines, al aire libre. Disfrutaríamos de comodidades, buenas camas, aire acondicionado, cero mosquitos intentando arruinar el final. Estabilidad asegurada, no más búsquedas de sitios para hacer el amor, no más parejas durmiendo separadas, suspirando por un minuto de intimidad. En ese momento, apareció el dinero y el interés. Todo cambió.

Surgieron nuevas preguntas, donde trabajas? Cuánto ganas? Que carro manejas? Donde vives? Ya no escuchamos más; te gusta el ballet? Qué lees?  Cuál fue la última película que viste? Descubrimos, con asombro, que muchas veces las ropas que llevamos puestas, pueden despertar más interés, que la piel bajo ellas. La marca y año del carro que manejamos, puede ganarnos más pretendientes que la más encantadora de las sonrisas. Ni hablar de propiedades y cuentas de banco, capaces de aumentar virtudes, dar volumen a músculos y hacernos, sencillamente irresistibles.

Entre el amor y el interés, a veces, gana la batalla el interés, el dinero, gana seguidores y admiradores. Atrás quedó aquello de; “contigo, pan y cebolla”, nadie quiere pasar trabajo. Muchos buscan a ultranza una mejoría económica por medio de una relación. Otros, dueños de posiciones económicas estables, la exhiben, como nuevo modo de conquista. A veces, parece que, el amor perdió definitivamente la batalla. Cupido, no tira la toalla, pero está a punto de romper el arco y la flecha.

Por suerte, el amor, cede terreno, pero no pierde batallas. Sabe su precio exacto, demasiado alto para pagarlo en oro, no se da por vencido. Los que se dejan seducir por el dinero, terminan pagando con lágrimas y humillaciones, una triste y mala copia del amor. Muchos, al final, suspiran por un pedazo de pan compartido con amor y prefieren dejar intacto el plato de una lujosa cena. Venderse, ponerse precio, siempre tiene un mal final.

En la vida, mejoramos, por el esfuerzo personal, por la lucha diaria. Nuestra pareja, es el hombro donde apoyarnos, la persona que lucha con nosotros por una vida mejor. “De amor, hasta morirse es bueno”, de desamor, hasta vivir es malo!

Un beso, un abrazo, no tienen precio conocido, no están en venta! Si fuimos capaces, allá en nuestra isla o en otros países, de ser felices, más allá de escaseces y limitaciones, no podemos permitir que el dinero imponga límites y condiciones al amor. Gritemos con fuerza, hasta que la muerte nos separe! Cupido, recogerá su arco de un rincón, nos lo agradecerá, con la mejor de sus flechas, la del verdadero amor!

Por Jose Iturriaga – Habanero 2000