El calvario de una abuela cubana enferma en fase terminal

Foto de Archivo

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Eran las 4:20 de la madrugada del domingo cuando Fina, una anciana de 83 años que sufre cáncer de seno con metástasis en el pulmón, presentó una severa disnea. Su hija María llamó a la ambulancia, que llegó 40 minutos después con dos técnicos soñolientos y una groupie que ocupaba el asiento junto al chofer.

Así comenzó lo que sería una larga cruzada contra la muerte y la ineficiencia. El segundo problema emergió cuando el técnico principal declaró que la ambulancia no tenía silla de ruedas y era imposible bajar a la enferma ―que vive en un primer piso― en la camilla. En estos casos, alegó, “hay que llamar a la unidad de rescate y salvamento”. Y como si se tratara de un incendio o derrumbe procedió, con toda la calma del mundo, a llamar a la brigada en cuestión, que nunca atendió el teléfono.

Mientras esto sucedía, Fina desfallecía en su cama, torturada por una falta de aire que ya no le permitía hablar. Así que su hija recurrió al método más efectivo en estos casos: despertar a dos vecinos para que la ayudaran a bajar a su mamá. Gracias a los hombres, en diez minutos la señora estaba dentro de la ambulancia, conectada al suministro de oxígeno y rumbo al Hospital Oncológico.

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En la sala de urgencias del cuerpo de guardia fue recibida por excelentes doctores que controlaron la situación. Al menos en ese aspecto los acompañantes de Fina pudieron sentirse más tranquilos; pero no así al ver las condiciones de higiene en que se encuentra la sala de urgencias, donde reciben a pacientes en estado muy delicado. El ambiente era justo lo opuesto del “área estéril” que indicaba un cartel, con cestos de basura desbordados o descubiertos, enfermos con heridas expuestas y un técnico de laboratorio tomando muestras de sangre sin siquiera usar guantes de látex. De hecho, empleó el guante para anudarlo alrededor del brazo y hacer visibles las venas.

No hay ligas, ni guantes, ni bandejas para colocar los utensilios no estériles. Los apósitos usados son puestos sobre los contenedores metálicos donde deben colocarse los efectos personales del paciente; las consolas apenas refrescan una atmósfera cargada de miasmas y, por si fuera poco, la escasez de personal médico competente se ha vuelto insostenible.

Un hospital especializado como el Oncológico depende de las prestaciones de servicios de enfermeros provenientes de otras provincias. Algunos son diestros en su oficio, pero poseen una educación tan pobre que solo el hábito blanco los distingue de chusmas y delincuentes comunes.

Peor aún es que la gente esté dispuesta a tolerar la vulgaridad porque considere más importante que los enfermeros sepan coger la vena al primer pinchazo, poner la sonda correctamente o inyectar un medicamento intramuscular sin dejar morada la nalga del paciente. Poco importa si no tratan de “usted”, o sueltan una palabrota en medio de la conversación, o reaccionan como bodegueros al más mínimo desacuerdo entre colegas.

Mientras Fina dormitaba en paz por primera vez en mucho tiempo, los doctores decidieron ingresarla en la sala de mastología porque la anciana necesita oxígeno permanente y su hija no ha podido conseguir un balón para su casa. Dos semanas antes del episodio que aquí se relata, María se había presentado, con todas las firmas y cuños necesarios, en la farmacia de la esquina de Monte y Ángeles, en La Habana Vieja, para gestionar el balón de oxígeno. Según explicó a CubaNet, el individuo encargado de atender su solicitud le dijo: “Tienes que esperar a que se muera alguien para que te asignen un balón, porque no hay”.

Semejante respuesta a una hija cuya madre vive literalmente ahogándose, sobrepasa el sarcasmo que caracteriza a los cubanos. Es, además de una crueldad, una falta de respeto y de sensibilidad.

Pero nadie menciona la corrupción en los servicios de Salud Pública. Nadie denuncia que el balón de oxígeno se vende “por la izquierda” a 70 CUC. El Fluidmeter ―aparato que regula el oxígeno― hay que comprarlo aparte y vale entre 30 y 40 CUC. Pongamos que el equipo completo cuesta 100 CUC (2500 pesos moneda nacional): ¿Qué cubano puede costearlo si el salario promedio mensual es de 500 pesos?

Fina, diagnosticada con una bronconeumonía, tendrá que esperar por el balón de oxígeno en una cama de hospital, expuesta a gérmenes que pueden complicar su condición. Sin embargo, no es la única. En la cama de al lado otra anciana languidece desde hace dos meses por el mismo motivo, mientras sus familiares se desgastan en un ir y venir agotador; trabajando a diario y durmiendo de madrugada en el sillón, a la espera del desenlace.

Es incluso posible que la paciente muera y, seis meses después del deceso, un camión descargue en la puerta de su casa el anhelado balón de oxígeno. No sería la primera vez.

Fuente: CubaNet