La historia de un matrimonio cubano que prefirió tomar la selva antes de regresar a Cuba

Yudenny Sao Labrada y su esposo Yoendry Batista son dos cubanos que optaron por realizar la dura travesía por Centroamérica para llegar a Estados Unidos. La pareja contó al Nuevo Herald su historia cuando se encontraban en Panamá, apenas un escalón para su meta.

Yudenny nació en Puerto Padre, se graduó en la universidad de maestra en Matemáticas y Física. Dejó el aula para ser administradora de una bodega pues el salario no le alcanzaba.

“Me gustaba dar clases, pero en el Ministerio de Educación pagan muy poco”. “Tomé la decisión de salir de Cuba cuando descubrieron una trama de corrupción en la red de comercio minorista de Puerto Padre”, dice.

“Reuní a mi familia y les comenté la situación por la que estaba pasando, porque el pez grande siempre se come al chiquito”, dice.

La familia formada por su esposo, Yoendry Batista, de profesión soldador, sus tres hijos de 19, 10 y 7 años y sus padres, pidieron prestado para su salida del país.

“Con ese dinero me fui para La Habana. Quería irme en lancha a Estados Unidos, pero en vez de pagar un pasaje en las lanchas rápidas que trafican personas para Miami, me enteré de que había quien nos vendía las partes de un bote y después de una llamada telefónica mi esposo vino a La Habana y comenzamos a construir la embarcación”, narra.

“La lancha la hicimos con polietileno y láminas de platino y hierro. Eso es ilegal, podría costarnos hasta 15 años de cárcel”, explica Yoendry Batista, quien jamás en su vida había construido una embarcación. Tras semanas de trabajo bajo el sol del verano en un patio habanero, la lancha estaba lista.

“Para llevarla hasta la costa tuvimos que fingir una mudanza. A las tres de la mañana comenzamos a montar muebles y partes de la lancha desarmada en un camión cerrado que abastecía a las tiendas recaudadoras de divisas”, recuerda Sao.

Partieron con rumbo al litoral norte, en la desembocadura del arroyo Caimito. En ese lugar estuvieron ocho días junto a otras 17 personas alimentándose con lo mínimo para conservar comida para el viaje. Sin embargo, la felicidad les duró poco.

El motor fueraborda apenas aguantó 1 hora y 15 minutos de viaje. La marejada mojó el sistema eléctrico y quedaron a la deriva. Tuvieron que deshacerse rápidamente del motor y de los bidones de gasolina que llevaban para el viaje.

“La Guardia Costera cubana apareció en horas del mediodía. Mi esposa se había desmayado por la falta de alimentos y la deshidratación. Nos tuvieron esposados y al sol recogiendo a otros balseros durante horas. Ese 12 de agosto recogieron a 32 balseros a quienes se les habían roto las lanchas”, explica Batista.

Deshidratados y hambrientos estuvieron expuestos al sol toda la tarde en la cubierta de la embarcación y fueron llevados al puerto de Mariel. Tras imponerles una multa de los liberaron. Sin dinero, regresaron a La Habana a intentar construir una nueva lancha.

“Pasamos noches sin dormir pensando qué hacer con una deuda de $10,000 y sin haber salido del país. En Puerto Padre, en la provincia Las Tunas, comenzaban las averiguaciones y el tiempo se le agotaba a Sao. Se le ocurrió sobornar a un policía para que los “tirara por el sistema”.

En caso de que no tuviera antecedentes penales podía pedir un pasaporte y viajar legalmente a Guyana.

“Pagamos 100 dólares al policía y como estaba sin antecedentes sacamos nuestros pasaportes (que cuestan $100 por persona).

Fue así como viajamos a Guyana y desde ahí emprendimos la travesía hacia Estados Unidos”, explica Sao. De Guyana pasó a Brasil, donde fue empleada doméstica durante algunos meses.

Su esposo trabajaba como constructor, no sin ser estafado por quienes veían en los cubanos una mano de obra barata y sin derechos.

“Él trabajó en centros comerciales. En una ocasión le prometieron 100 reales a la semana y le pagaron al final 40”. Su esposo, en cambio, guarda un buen recuerdo de los pueblos por donde pasó.

“Uno se lleva otra imagen de estos países porque no es lo que te dicen en Cuba. En estos países hay mucha gente de buen corazón y ayudan al migrante”, dice.

Tras reunir algo de dinero partieron junto a otros 60 cubanos por el río Amazonas y después de más de 20 días de viaje atravesaron Perú, Ecuador y Colombia. La selva del Darién fue lo más difícil para Sao, diabética e hipertensa.

“Yo no quería continuar, pero mi familia nos mandó 200 dólares desde Cuba. Eso, junto a lo que habíamos reunido nos permitió pagar los guías que nos guiaron a través de la selva”, explica Sao.

En Panamá se refugiaron en Cáritas, donde recibieron la noticia del fin de la política “pies secos, pies mojados”, hasta que se vieron obligados a irse de Cáritas por el eventual traslado a un campamento temporal en Gualaca en el oeste del país.

“No me importa donde, como si es en Haití, pero a Cuba no puedo regresar”, dice con pesar.

Una semana más tarde estaban saliendo hacia Costa Rica, donde las autoridades les retuvieron el pasaporte. Continuaron su camino y ahora se encuentran en México, a la espera de una visa humanitaria para seguir su camino a Estados Unidos y pedir refugio político.

Pero ahora esta pareja dice que no planean detenerse hasta que logren llegar a Estados Unidos y comenzar de nuevo.