Ser o no ser corrupto, ese es el dilema cubano

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Aunque en varias ocasiones Raúl Castro ha insistido en la necesidad de ventilar públicamente los problemas de corrupción que afectan al país, su convocatoria no resulta congruente con lo que realmente sucede a diario.

Pensando malévolamente, la contradicción de inmediato pone en duda la credibilidad del mandatario.

Sin embargo, soy partidario de ofrecerle el beneficio de la duda, lo cual me genera sospechas sobre la existencia de al menos dos facciones dentro del poder político. Una, que ha visto en la corrupción un caso de vida o muerte para el sistema y decide enfrentarla; y otra que, a sabiendas de su existencia enraizada en la economía cubana, ha optado por no visibilizarla, ya sea para aprovecharse de los favores directos o colaterales manteniendo el status quo, o bien porque ve en la corrupción la estocada final al sistema y la desea y la auspicia.

Aunque es un verdadero cáncer para el socialismo, la prensa oficial continúa cuidándose de no revelar nombres ni casos, a pesar de que en los tribunales de la isla se acumulan, como nunca antes, los procesos penales asociados a la corrupción.

El único programa televisivo que toca el tema solo se limita a ficcionalizar los casos reales, a maquillarlos, de modo que el espectador no los asume como un llamado de advertencia sino como un show divertido donde el personaje malo jamás es un dirigente partidista sino ese delincuentillo de barrio que todos sabemos no es más que el eslabón más débil en una cadena de corrupción, bien vertical, que se engruesa en la medida que asciende ¿a los cielos?

Por otra parte, en los núcleos del partido comunista se continúa apelando al viejo y contraproducente secretismo de siempre, siguiendo las pautas de esa norma del extremismo político donde la información solo es privilegio de unos pocos elegidos.

Solo un par de veces en el año se proyecta algún video sobre un directivo “tronado”, tras el cual algunos se preguntan por qué razón no se actuó en tiempo para evitar males mayores o por qué los servicios secretos cubanos tardaron tanto en descubrir que el salario de un directivo estatal jamás podría alcanzar para que este vacacionara en Madrid junto con la esposa y los hijos, mucho menos para comprar ropas en tiendas exclusivas y alojarse en hoteles de lujo.

Siguiendo las escasas y cabalísticas noticias en nuestros órganos de prensa oficiales o atendiendo al informe del ministro Cabrisas donde apenas se alude a la corrupción, pareciera que nada grave estuviera sucediendo en Cuba.

Sin embargo, en la calle es vox populi que una decena de policías pertenecientes a las unidades de patrulla en La Habana han sido detenidos y se encuentran en proceso de investigación acusados de estar vinculados a una red de contrabando que operaba en importantes almacenes de insumos pertenecientes a empresas estatales. ¿Es cierto o solo es un mito urbano que responde a una realidad concreta?

Se rumora que las operaciones de contrabando eran tan precisas como una coreografía. Otros cuentan que, desde los mismos almacenes salían las mercancías en caravanas de camiones que eran custodiados por autos patrulleros y que por tanto no había razones para las sospechas. Tiemblo al escribirlo.

De ser cierto, no se trata de una simple historia apta para un guion cinematográfico, es una situación de caos que no beneficia a nadie porque describe y denuncia una cultura de la corrupción que a final de cuentas destruirá el país porque hará a sus ciudadanos inútiles para trabajar y producir “con todos y para el bien de todos”.

En las empresas estatales y hasta en los ministerios se ha asumido como algo muy normal que cerca del cincuenta por ciento de los recursos, incluso más, terminen desviándose a las redes de contrabando o que contra los dirigentes sancionados por corrupción no existan leyes severas, irrevocables, que les prohíba asumir nuevamente cargos administrativos en otros sectores de la economía.

Se sabe que una sanción de 10 o 15 años de privación de libertad nunca llega a cumplirse en su totalidad. Al tercio de la condena, según estipula la ley, los delincuentes son perdonados “por buena conducta” y regresados a ese círculo vicioso de la corrupción donde la cárcel se convierte en solo un pequeño accidente, en gaje del oficio.

“Se roba tanto que luego hay suficiente dinero para sobornar policías, abogados, jueces, fiscales, para desaparecer pruebas y silenciar testigos. Cuando es demasiado el desfalco, se va a la cárcel, pero tranquilo, que no pasa nada, la cárcel no es igual para todo el mundo. También queda el recurso de escapar en lancha para Estados Unidos o simplemente esperar a salir, porque el dinero está esperando en algún lugar o porque el tipo asume toda la culpa y protege a los demás y estos quedan en deuda con el héroe, y vuelven a ayudarlo y a reintegrarlo en el sistema como si no hubiera pasado nada”, me comenta un amigo que fuera fiscal y que, según dice, debido a las malas experiencias del oficio decidió renunciar hace ya algunos años.

La corrupción es tan gigantesca que se nos dificulta verla. Es como el planeta tierra, sabes que está ahí porque lo pisas a diario, pero no puedes verlo en su dimensión total. Así está sucediendo en Cuba donde pareciera que se insiste en ignorarla.

Demonizadas en extremo quizás para desviar la atención sobre el verdadero dilema cubano, la disidencia o la prensa independiente, sin poder económico considerable como para influir determinantemente dentro del aparato estatal, no son fuerzas ni numerosas ni de gran impacto popular como para responsabilizarlas con una debacle del sistema imperante en la isla. No hay por qué arrebatarle a la corrupción ese protagonismo indiscutible.

Por Ernesto Pérez Chang

Publicado Originalmente en CUBANET